El que queda cuando los otros se han marchado y ante el que puedes desnudarte y vomitar todo el alquitrán y la pez que te ahoga.
Lo más fácil de reconocer son sus brazos, abiertos al calor cómo una acogedora chimenea capaz de recomponer todas las huellas dispersas a lo largo de los días.
Conmueve la belleza de esa conexión, vale la pena hacer de lo cotidiano algo fructífero y con una mano amiga puede tenderse el tiempo a la interperie sin peligro de que se escape de las manos, seco y baldío.
LS ⛯

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